* EL TELAR CHINO

3 09 2010

El telar chino
Publicado por Joaquín Campos
| 2 Septiembre, 2010
China invierte en Birmania. Dicho así podría ser que las gentes pensaran que China, con esa “gran mano” que está echando en África, con inversiones, extracciones y demás, también quiere sacar del atolladero a esta nación tan bella como jodida: Myanmar. Pero no es así, ni mucho menos; de hecho en el continente africano sacan materia prima con la esperanza de poder saciar a su propio pueblo que por numeroso está destinado a ser el primero que reviente nuestro planeta. En África los chinos no crean riqueza, sino que eternizan la esclavitud. Y en Birmania, más de lo mismo.
La ONU creó un embargo económico a Birmania que China se lo salta como el que juega a la comba en un patio cualquiera. Los silencios generales de todos los países miembros conceden al gobierno de Hu Jintao complacencia para mientras llegan el resto –que llegarán, no lo duden- reventar al maravilloso país birmano que si ya tenía bastante cruda su existencia con la junta militar que los dirige ahora les colocan como aliados a los chinos, que si además son capitalistas extremos y empresarios sin escrúpulos podrían llegar a minar tanto los escasos ánimos nativos hasta, por qué no, provocarles otras manifestaciones sangrantes ante un hastío que por mucho que lo intente explicar debe ser inenarrable.
Salí de aquella pagoda repleta de seguidores -y militares controladores- con mi taxista local cuando me invitó a ver una fábrica de telares gobernada por los chinos que abastece gratuitamente a la junta birmana -para aparentar riquezas en sus pagodas y templos- y a su vez para tener luego mano libre en la importación de telas a una China insaciable. Hasta aquí todo más o menos bien. Economía de mercado: uno tiene y el otro necesita. En teoría, todos salen ganando.
Pero no. Si un chino se asocia a un gobierno corrupto la legalidad saldrá por los aires. Y cuando uno crea que, como los reyes magos, llegaron para crear riqueza y formación se dará de boca con un telar en donde por una docena se contaban a los adolescentes y niñas que trabajaban para ellos. Desde los nueve años –contrastados- a los quince pasando por los doce y trece. Un indigno surtido.
Bien es cierto que las comparaciones son odiosas y que Birmania no vive el tsunami español de lo ‘políticamente correcto’ en donde los padres deben tener ojo de cómo le castigan al hijo por haberse portado mal no fuera a ser que el juez de turno empapele al cabeza de familia por dar rienda suelta a la “violencia más intolerable”. En España hemos rizado el rizo y por no trabajar ya no lo hacen ni los que tiene veintitantos años; tanto proteger al menor que al final tendremos que alargar la edad de jubilación hasta los ochenta y siete años.
Que un niño trabaje en Birmania es habitual. No hay trabajo ni ingresos ni futuro al que agarrarse por lo que es evidente –como hacían nuestros abuelos hace no tantas décadas- que el humano al no desear perecer por inanición se monte en el vagón laboral para salir adelante. Son muchos los países donde el menor trabaja. Y bastantes las oenegés que trastabillan estas opciones de vida. Que el menor de edad estudie es el sueño de todos. Pero claro, si uno va a estudiar y se desmaya en plena clase de matemáticas por falta de glóbulos rojos pues ya me dirán. Por ello quiero desde aquí –creo que no es la primera vez que lo hago ni será la última- romper una lanza a favor de los que no pueden decidir entre hambre y libros escolares.
Pero el caso que les explico si tiene miga. La razón es que China es el progreso, una máquina de hacer dinero y en teoría, está formada como un país con historia que debería enseñar. Por ello deberían este tipo de estados contratar para sus fábricas y telares a los cientos de miles de hombres hechos y derechos, padres de familia, que deambulan cada mañana sin ingresos fijos, haciendo lo que pueden, pateando las calles. Que China, una de las nuevas grandes economías mundiales, el país que más crece del planeta, sea capaz de preferir a una niña de nueve años para coser alfombras que a una señora de cuarenta y cuatro demuestra muy a las claras la deriva a la que nos quiere llevar el gigante asiático, un país donde la legalidad –les viene de lejos, de siglos- nunca tuvo ni cierta importancia.
China, a la que hoy día Occidente le construye colegios tras terremotos e inundaciones, podría por reciprocidad echar una mano –y no al cuello- a sus vecinos birmanos respetando la edad escolar; y de paso, construir junto a ese telar ilegal aunque fuera una cochambre con techumbre con fines escolares, así los niños de las mamás contratadas podrían aprender a sumar, restar y dividir.
Hace poco una campaña quería devorar a los Estados Unidos porque una de sus empresas bandera en la confección de calzado deportivo había sido acusada de emplear a niños para la confección de zapatillas. Fue en el sudeste asiático. Y aquella conocida mía, que trabajaba por medio mundo repartiendo planes de futuro, desde una ONG subvencionada, de las alquilan a sus empleados casas en residencias para diplomáticos, atacaba a la multinacional no sin antes haberse quitado sus ‘nike’ último modelo. “Es que son muy guapas… y ya que están hechas”.
Que un niño trabaje es una pena; que no vaya al colegio por vagancia en nuestra España desesperada es otra probablemente peor. Que un país paupérrimo permita que un infante trabaje es una desgracia; pero que se quede descalzo, pidiendo y en la calle es un pasaje a la muerte más cercana. Europa, de boquillas, lucha contra la explotación laboral infantil; China, de cara, exprime a todo el que puede. Y mientras nadie les diga nada pensarán que andan por el camino correcto, porque el que no tiene alma ni siente ni padece.
Thao Wesy, una niña de diez años, cobra veinte dólares por seis días de trabajo en jornadas de diez horas; un niño de trece trabajaba descalzo tallando en la madera con una habilidad tal que sospecho llevaría mínimo un lustro dando exhibiciones laborales. Hoy en alguna casa de progre enfermizo patrio colgara un tapiz confeccionado por sus manos, adquirido en medio de un regateo tras unas insulsas vacaciones en China.


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