* POR QUE CHINA NO DOMINA EL MUNDO…(AUN)

7 05 2010


LA ilusión del ascenso pacífico de China al rango de superpotencia global, y de su gradual transformación política interna, ha quedado en entredicho. Se acumulan las evidencias de que el gigante asiático ha alcanzado el umbral crítico para ser un actor global. Pero también los síntomas de una actitud más agresiva: cruda autoafirmación nacionalista fuera y cerrazón política dentro.
Los datos son abrumadores: su economía sobrepasa a Japón como segundo PIB mundial, supera a Alemania como mayor exportador; y sus reservas de divisas alcanzan los 2.400 millones de dólares. La expansión de internet alcanza a 364 millones de usuarios (más que la población de EEUU); y su producción científica se ha multiplicado por 64 desde 1981. Simultáneamente, su actitud oficial es más que un subidón de la líbido de un poder emergente. En 2008, la represión en Tíbet desató una ola de xenofobia por las críticas en vísperas de los Juegos Olímpicos. En 2009, una explosión de nacionalismo han aplastó las protestas de los uigur en Xinjiang. Este año, en los 60 años de la República Popular, exhibió un nacionalismo militar propio del siglo XX más sombrío. El conflicto con Google por la censura de internet o la condena del disidente Liu Xiaobo revelan un régimen más rígido que sobrado de confianza. Un poder obsesionado con el control cabalga el tigre de una sociedad en expansión. Y China empieza a pisar fuerte en el escenario global: posición recalcitrante en la Conferencia del Cambio Climático, pertinaz fijación del renminbi a un dólar en caída, pese a las protestas de medio mundo…
La confianza de la sociedad china en su futuro es palpable: no hay en el mundo energía social más exuberante. Entonces, ¿qué está pasando? Hay explicaciones varias: transición en el liderazgo en 2012, que prima la firmeza; renovada confianza en su modelo autoritario (”valores asiáticos”) tras el desprestigio del occidental; desvío hacia el nacionalismo exterior de las demandas sociales; ¿o es el verdadero rostro de un país históricamente resentido, decidido a revisar el statu quo? Sean cuales sean las causas inmediatas, la contradicción de fondo está ahí: una economía abierta con conexiones globales y un régimen político cerrado; una sociedad lanzada al futuro, en la mayor transformación industrial de la Historia, y una ideología oficial que aun siendo pragmática no puede romper con sus dogmas fundadores.
En los 2000, el presidente Bush afirmó: “la economía libre crea hábitos de libertad, y los hábitos de libertad crean expectativas de democracia… Comerciemos con los chinos y el tiempo estará de nuestro lado”. Occidente lleva tres décadas autoengañándose sobre el futuro de China, esperando la transmutación espontánea del desarrollo económico en cambio político. Pero hay dos razones que llevan a exagerar su potencial a largo plazo: a) la ceguera ante la miseria ideológica y ética del régimen; y b) la escasa atención a la falta de un esquema de integración y seguridad en Asia oriental. La primera sobreestima la estabilidad de su sistema político y la solidez de su economía. La segunda minusvalora sus dificultades para ordenar Asia oriental en torno a su hegemonía.
China es un gigante inestable e inseguro, sobre una locomotora económica lanzada a gran velocidad, cuyo choque es tanto más probable cuanto más rápidamente crece. Cuando llegue, el único aglutinante ideológico frente a la crisis es un amenazante nacionalismo de gran potencia. El crecimiento de China plantea un conflicto de incierto desenlace. La legitimidad del poder depende de una prosperidad cuyo principal producto social es una clase media de casi 400 millones -educados y con acceso al mundo a través de internet y una economía abierta-. En algún momento reclamarán libertad de expresión y voz política. Sea hoy o dentro de 15 años, harían falta diez Tiananmen para frenar las aspiraciones de libertad de los chinos del siglo XXI. El problema es que los actuales dirigentes aprobaron aquella masacre. Esto no significa que una evolución aperturista no sea posible. Pero exigiría una ruptura ideológica y rendir cuentas con la Historia. Y el actual régimen lo tiene muy complicado: es heredero no sólo del reformador Deng Xiaoping, sino del fundador Mao Tse Tung. Salvando las distancias, el franquismo hizo frente a dilemas parecidos: salido de una Guerra Civil, se desprendió de lastre ideológico, abrazó el desarrollismo y la apertura económica, y se reconcilió con EEUU. Pero los reformistas, en el momento crítico de la Transición, tuvieron que cortar con el pasado. En China no se ve nadie capaz de una evolución parecida.
Sin ella China carecerá del poder blando para articular su hegemonía regional sin tensiones. Y no hay hegemonía global sin un patio de vecindad tranquilo. Las fricciones con sus vecinos (Japón, Vietnam, India, Rusia) son latentes. Las heridas de la guerra fría siguen ahí: dos Coreas, dos Chinas, resentimiento antijaponés.
China inspira una admiración precavida, mezcla de asombro y aprensión, cuando no temor. Para liderar en el siglo XXI, el antiguo Reino Medio tendría que convencer dentro y atraer fuera. En tanto no acometa un cambio ideológico y político que la reconcilie con su pasado, y transforme el amenazante dragón en benevolente panda, seguirá siendo -parafraseando al Gran Timonel- un “tigre de papel”.

Gentileza de Fundacio Casa del Tibet y Diario de Cádiz

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