NICHOLAS VREELAND

15 01 2010


El ‘Richard Avedon’ del convento budista

Miguel Ángel Gayo Macías | Nueva Delhi
Actualizado viernes 15/01/2010 10:57 horas

La vida de Nicholas Vreeland parece el argumento de un libro de autoayuda. Este hijo de un diplomático norteamericano decidió hace 25 años dejarlo todo y hacerse monje budista. Antes, su juventud había transcurrido entre ‘liberal colleges’ de París y Nueva York, viajes por Marruecos y Europa. “Disfrutaba de las maravillas de la vida”. Hasta que en 1973, durante un largo periplo por la India, Nepal y Bután, se sintió atraído por el budismo. A su vuelta a Nueva York ya había tomado la decisión de convertirse en monje, pero dejó madurar la idea unos años: “Estuve dándole vueltas a la decisión; sentí que debía resistir un año, dos años, tres años antes de tomar una resolución firme.” Finalmente, en 1985 ingresó en el monasterio de Rato Dratsang, en el sur de la India.

Y es su residencia en Rato Drasang lo que trae a Vreeland a nuestras pantallas. Expliquémonos: en los últimos años, Rato Drasang ha pasado de alojar 12 a 120 monjes, y acoge a un número cada vez mayor de refugiados tibetanos. Para que nos entendamos: el lugar está desbordado. Y para ayudar a mejorar y ampliar sus instalaciones, Vreeland ha puesto su talento artístico y sus contactos pijos al servicio de su comunidad y comenzó a vender ediciones limitadas de sus exquisitas fotografías, que previamente son expuestas al público bajo el título ‘Fotos para Rato’.

Es difícil adivinar algún vestigio del refinado nieto de un mito de la alta costura en este hombre de cabeza rapada que emerge de una túnica de color rojo oscuro, “el color de la sabiduría, pues en el monasterio de Rato nos dedicamos a estudiar el mundo a través de la lógica”.

La abuela de Nicholas, Diana Vreeland, se hizo famosa por su columna sobre moda en la revista ‘HarperŽs Bazaar’, con una serie de artículos en los que proponía desmitificar la alta costura y perder el miedo a ser vulgar. Se titulaba “¿Por qué no?”. Nicholas Vreeland dice que, siendo monje, él también se pregunta el porqué de muchas cosas, incluso de las más vulgares.


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